viernes, 30 de diciembre de 2011

Feliz Año: ¿augurio o certeza?

Artículo del diario Los Andes, del año 2006, del sacerdote, monje del Cristo Orante y hermano en la fe, Diego de Jesús. Una prueba más de que la agudeza y la profundidad no pierden actualidad. Que lo disfruten y lo tengan en cuenta a la hora del brindis.  

Chesterton, ese agudo pensador inglés que hizo el largo camino del ateísmo al cristianismo, gustaba señalar curiosidades o caprichos culturales. Y refiere a uno que -cien años después- sigue en boga: los no creyentes viven llenos de creencias y los hombres religiosos suspiran en deseos que deberían tener por certezas. El abanico de ejemplos es amplio, pero parece más oportuno centrarnos en uno solo, en torno del año nuevo. Este va a ser un buen año, afirma el no-creyente, levantando su copa con lacónica seriedad, casi como una cábala para que así sea, o como arenga motivadora. En cualquier caso: emitiendo moneda sin respaldo en oro. Mientras, el hombre creyente -del credo que fuera- con timbre piadoso estampa: te deseo un feliz año: ojalá lo sea... sin caer en la cuenta de que el oro de su fe lo habilita a pasar del augurio a la certeza. Cree en un Dios bueno con señorío real sobre su obra, que hace lo que quiere y quiere lo mejor. Y por ello, no debería esperar que todo salga bien: debería saber que todo está saliendo inmejorablemente bien, conforme al Plan. Es lo que en las religiones de todos los tiempos y culturas se denomina sin más: la Divina Providencia.

Valga como ejemplo tan sólo anotar un texto que ronda los 2.400 años. “¡Oh! endeble mortal, ínfimo como eres, sin darte cuenta te relacionas con el todo del orden general que dispone cada parte en función de la totalidad. Y murmuras, porque ignoras qué es lo mejor a cada tiempo para ti y para el todo: el todo tuyo y el todo del todo. Es tan simple y sin embargo no lo entiendes: si hay dioses -que los hay- no descuidan la cuestión humana. Ni su curso ni su destino”. Hasta aquí el gran Platón con sus dioses insobornablemente buenos. Incontables textos bíblicos podrían secundar y completar esta intuición, que hace cumbre en ese Dios Padre de Jesucristo a quien no se le escapa ni la caída de un solo cabello y lo dispone todo para bien nuestro. Jesús remite como prueba contundente mirar no más los lirios del campo o las aves del cielo: no desesperan juntando alimento en graneros ni ahorrando para vestirse. Viven en la certeza de que su Hacedor seguirá a cargo de su causa y la llevará a buen fin.

Pero para completar el inventario cultural actual, además de creyentes e incrédulos se da hoy una tercera posición con pocos antecedentes históricos: a los píos y ateos de siempre, se suman ahora los anti-teos, que formulan así su convicción: Dios existe y es un canalla. La frase emblemática pertenece al protagonista de un intrincado cuento de Sábato que encarna con todo detalle este modelo de religiosidad. Hay un Dios (seguir sosteniendo la apuesta en favor del azar es tan ingenuo e irracional como infantil) y este mundo es el despliegue creativo de su poder, su juego y entretenimiento. Y completo el perfil de este credo saltando de novela: en la escena final de El abogado del Diablo, en su último intento por persuadir al Hombre arremete Al Pacino: “¿No te das cuenta de que Él los ha arrojado en el mundo cual ratas en laberinto, y a carcajadas se divierte viéndolos corretear en busca de salida mientras levanta apuestas entre sus ángeles?”. Dios existe y es perverso.

Ante este complejo panorama cultural de creyentes inseguros, ateos supersticiosos y antiteos rabiosos parece oportuno recotizar la devaluada moneda de la Divina Providencia. Se suele creer que ésta consiste en una suerte de favoritismo divino: un beneficio de los dioses que pueden darlo o no y a quien se les plazca. Y creemos que fuimos destinatarios de ella cuando las cosas nos salen conforme a nuestros planes y expectativas. Y esto es falso. La Pro-videncia es la visión adelantada y de conjunto del proyecto completo y el consiguiente soporte de lo que a cada parte le hiciere falta en función de ese Todo. Desde nuestra parcialidad a cada uno de estos soportes solemos evaluarlos con infinita miopía como favor o desgracia según nuestra estrechísima y fragmentada visión. Decía Peguy que el hombre no sólo hace un papelón cuando se ahoga en un vaso de agua: también, cuando allí intenta nadar. Como en el diálogo platónico citado, la insensatez en cuestión es un conflicto de proporciones. Benedicto XVI invirtió una de sus primeras reflexiones papales en el asunto: “La historia no está en manos de potencias oscuras, del azar o de opciones humanas. Ante el desencadenamiento de energías malvadas, ante tantos azotes y males, se eleva el Señor, árbitro supremo de las vicisitudes de la historia. Él la guía con sabiduría hacia la meta. Dios no es indiferente ante las vicisitudes humanas, sino que penetra en ellas realizando sus proyectos con eficacia. La aventura de la humanidad no es confusa y carente de significado: tiene un rumbo preestablecido” (11-V-05).

Lo cierto es que en este 2006 vendrán la salud y la enfermedad, vendrán los éxitos y los fracasos, vendrán soles y lluvias, invierno y verano... y no será una intermitencia de la Providencia sino su estable y continuo ejercicio. Todo será parte del Plan. El Año será inexorablemente bueno. Los que ciertamente podremos ser buenos o malos con él seremos nosotros.

Volviendo al inicio, el optimismo pagano, sin fondos, afirma: todo va a terminar bien. Y el creyente, teniendo con qué, calla su mejor retruco: todo está saliendo bien.

Yo hago públicas mis cartas: les anuncio un ¡Feliz año nuevo! Esta es mi certeza y así la publico. Y que sean felices con este año. Es éste, en cambio, mi deseo, y así lo ruego.

Fuente: http://www.losandes.com.ar/notas/2006/1/10/opinion-180345.asp

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