jueves, 28 de julio de 2011

Nuestro trabajo: entre Heracles y el Quijote

Este es el artículo de un amigo publicado en http://www.yocreo.com/espiritualidad_s41/los-trabajos-del-quijote_n81 sobre el verdadero valor del trabajo. Espero lo disfruten y le saquen provecho tal como yo lo hice.


El fin de semana suele funcionar como un pequeño laboratorio en el que experimentamos los engaños del paso del tiempo: los días de descanso que nos promete la noche del viernes se diluyen sin que sepamos cómo en el crepúsculo del domingo, para sentirnos definitivamente estafados en la mañana del lunes, camino al trabajo.

¿Por qué nos sucede esto? Porque damos por supuesto que el tiempo que pasamos en el trabajo es una especie de tiempo perdido, no nuestro, inmolado en el altar de las cosas desagradables. Tenemos una mirada parecida a la del mito griego de Heracles: este personaje tuvo la desgracia de cometer un crimen horrible por el que fue condenado a... trabajar doce años al servicio de un hombre que despreciaba. Asociar trabajo y castigo es otra forma de vivir sin esperanza. Sin duda, los dioses griegos sabían cómo hacer sufrir a los mortales.

La reflexión judeocristiana sobre el trabajo, en cambio, es esencialmente optimista. En el relato de la creación, Dios bendice al varón y la mujer creados a su imagen y les ordena “sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla” (Gn 1,28); el trabajo es el medio por el cual los hombres pueden realizar la vocación que el Creador puso en ellos. Sólo a partir de la presencia del pecado en el mundo, el trabajo pasa a ser una carga pesada: “Maldito sea el suelo por tu culpa – dice el Señor al hombre – con fatiga sacarás de él tu alimento todos los días de tu vida” (Gn 3,17). La fatiga es, entonces, el elemento fastidioso del trabajo, no el trabajar en sí mismo.

Ahora bien, no está de más preguntarnos por las motivaciones profundas que nos llevan a trabajar. Porque el trabajo significa mucho más que el dinero para llegar a fin de mes. En primer lugar, el que trabaja tiene un para qué, es decir, ha descubierto que es bueno para algo. Quien trabaja sabe que no es, precisamente, un inútil. Por el contrario, quien no trabaja siente que no tiene un lugar asignado en la existencia. Si lo pensamos así, percibiremos en que sentido trabajar es ganarse la vida.

De esta manera, trabajar es el medio por el que realizamos nuestra obra, nuestra tarea en el mundo. Nos permite modificar nuestro ámbito, progresar, hacer nuestro aporte, definir quiénes somos. Así, puede decirse que hay también un trabajarse a sí mismo. “Yo soy así, qué querés que haga, no puedo cambiar” son las excusas del perezoso. Al transformar el mundo en el que vivimos también nos transformamos en personas mejores.

Y esto nos lleva a la última parte de nuestra reflexión. Somos capaces de trabajarnos cuando queremos mejorarnos, cuando tenemos a quién ofrecerle el fruto de nuestro esfuerzo. El niño muestra feliz lo que ha hecho a sus padres y maestros; el adulto pone al servicio de su familia lo que ha sabido ganar (siempre que hablemos de un adulto maduro y no simplemente de alguien al que le pasan los años); el creyente siempre puede ofrecer al Creador la obra realizada, la jornada vivida. Como el Quijote, que quiso salir a hacer su obra de mejorar el mundo con el único fin de ponerla a los pies de su Dulcinea. Es que para aquel caballero, por muy triste que fuera su figura, el trabajo no era un castigo, sino el premio del que sirve, es decir, del que ama.

Ojalá que el próximo lunes, amigo lector, nos encuentre más lejos de Heracles y más amigos del Quijote.

Gustavo Salvarredi © Yo Creo


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