sábado, 28 de mayo de 2011

Mensaje del Papa Benedicto XVI en la beatificación de Juan Pablo II

Como visagra entre los videos anteriores que honraban la memoria de Juan Pablo II y los que vendrán sobre el Santo Padre Benedicto XVI, comparto con ustedes este video del mensaje pronunciado por el Papa en la beatificación de su predecesor. Debajo del video, pongo el mensaje completo.


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Texto extraído de la página del Vaticano:
http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2011/documents/hf_ben-xvi_hom_20110501_beatificazione-gpii_sp.html

CAPILLA PAPAL
CON OCASIÓN DE LA
BEATIFICACIÓN DEL SIERVO DE DIOS JUAN PABLO II

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Plaza de San Pedro
Domingo 1 de mayo de 2011

Queridos hermanos y hermanas:

Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.

Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.

«Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.

Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14).

También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: «Por ello os alegráis», y añade: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación» (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. «Es el Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo (118, 23)– ha sido un milagro patente», patente a los ojos de la fe.

Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios –obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas– estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).

El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: “La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio”». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.

Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.

Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Iglesia.

¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. Desde el Palacio nos has bendecido muchas veces en esta Plaza. Hoy te rogamos: Santo Padre: bendícenos. Amén.

viernes, 27 de mayo de 2011

Padre Nuestro por Juan Pablo II




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"Pater noster, qui es in caelis, sanctificetur nomen tuum"
Padre Nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre

"Adveniat regnum tuum. "
Vénganos tu reino

"Fiat voluntas tua, sicut in caelo, et in terra."
Hágase tu voluntad, así en el cielo y en la tierra.

"Panem nostrum quotidianum da nobis hodie"
El pan nuestro de cada día dánoslo hoy.

"et dimitte nobis debita nostra "
y perdónanos nuestras deudas

"sicut et nos dimittimus debitoribus nostris."
Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.

"Et ne nos inducas in tentationem, sed libera nos a malo."
Y no nos dejes caer en la tentación, pero líbranos del mal.


Autobiografía de Juan Pablo II

Pensando en el artículo anterior sobre Juan Pablo II, se me ocurrió comenzar una seguidilla de homenajes al Vicario de Cristo en algunos de sus representantes.

En estos tiempos en los que la Iglesia se ve tan atacada, sobre todo en la figura de su cabeza visible, me pareció bueno recordar y defender a quienes fueron "otros Cristos" para toda la Iglesia.

Procuraré hacer este homenaje lo más variado posible, pero como verán, tengo mi debilidad... Es una especie de autobiografía (los textos son escritos por él mismo) acompañada de imágenes. Que lo disfruten...


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jueves, 26 de mayo de 2011

Juan Pablo II

A poco tiempo de su beatificación, quería compartir con ustedes un video de la gente de May feelings sobre Juan Pablo II, su devoción a la Virgen y el rezo continuo del rosario. Muy bueno. Que lo disfruten...


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Cuatro actores que dan testimonio de su fe



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viernes, 13 de mayo de 2011

Nick Vujicic


En esta ocasión quería compartir con ustedes dos videos de una conferencia de este australiano llamado Nick Vujicic, que nació sin extremidades. La conferencia está dividida en tres videos pero la primera parte es sólo introductoria, en donde Nick hace unos cuantos chistes para romper el hielo y aflojar al público.
Nick se ha convertido en un famoso "motivador profesional", algo común en otros países como EEUU, en donde cuenta su experiencia y su visión particular sobre la vida. Si bien este tipo de videos abundan en la red, éste me pareció interesante porque se nota su visión cristiana de la vida, cuando habla de ver la vida como un don, cuando habla del aborto, etc.
Hay mucha tela para cortar, por lo que espero sus comentarios para comenzar un fructífera charla.


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miércoles, 11 de mayo de 2011

La ONU hace caso omiso de 3 millones de mortinatos anuales

By Susan Yoshihara, Ph.D.

NUEVA YORK, 29 de abril (C-FAM) Cerca de tres millones de niños mueren cada año durante el trabajo de parto y el alumbramiento, o en las semanas previas al nacimiento, lo cual es más que todas las muertes ocasionadas por el VIH/SIDA. La ONU ni siquiera las cuenta. Un nuevo estudio asegura que la politica abortista es una de las razones.

«En una era de esfuerzos mundiales a favor de la salud materna, el propio anhelo de una mujer de tener un bebé vivo está ausente en la agenda de salud mundial», dicen los autores de un estudio publicado en la prestigiosa revista médica The Lancet.

Alrededor del 98 % de los 2,6 millones de muertes anuales de mortinatos ocurren en países con ingresos medianos y bajos, principalmente debido a complicaciones durante el parto. Uno de cada 300 bebés nace muerto en países con ingresos altos, debido al incremento de la obesidad, el tabaquismo y la posposición de la maternidad. A diferencia de la mortalidad materno-infantil, el índice de nacidos muertos no ha disminuido durante décadas de manera considerable.

Una de las razones por las que los nacidos muertos permanecen «entre sombras» es el sentimiento abortista, indica el informe. La Organización Mundial de la Salud (OMS) no computa a los niños muertos que fallecen antes de las 28 semanas como mortinatos, a pesar que el deceso de bebés viables de 22 semanas es común en el mundo desarrollado. Apuntalar el desfase de datos podría conducir a un incremento del 40 % en el número de nacidos muertos que se registra.

El editor de The Lancet, Richard Horton, afirma que el hecho de no contar a estos niños niega a los padres «la gravedad que su sufrimiento demandó», pero «cuando uno considera que en muchos países se permite el aborto hasta, y, a veces, después de, las 24 semanas, uno puede comenzar a comprender la resistencia de las autoridades a dedicarse a este punto». No obstante, Horton no encuentra dilema alguno: «Toda mujer tiene derecho a un aborto seguro... pero también tiene derecho a que se tenga en cuenta la muerte de su bebé [deseado]».

Uno de los adversarios más poderosos que tuvo en su intento de promover mejores datos fue el lobby pro-abortista. Se opuso a Horton el año pasado cuando publicó un informe independiente que desafiaba los datos y la metodología empleada por la OMS en estadísticas sobre salud materna que la organización utilizaba para promocionar el aborto.

Horton dijo al New York Times que recibió numerosos llamados instándolo a que no publicara el informe. Cuando lo hizo, los activistas a favor del aborto se afanaron en desacreditarlo, riendo abiertamente cuando se mencionó el estudio en una conferencia sobre salud materno-infantil auspiciada por la ONU el pasado mes de junio. La OMS discretamente rectificó su información incorrecta en septiembre para ponerla en línea con las cifras de The Lancet, pero de tal modo que sucitó dudas acerca de la objetividad de las investigaciones de la OMS.

El presidente de la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia (FIGO), Gamal Serour, efectuó comentarios acerca del estudio sobre mortinatos de The Lancet, y dijo que la planificación familiar y los derechos reproductivos deberían ser la respuesta primordial, ya que el número de nacidos muertos descendió donde disminuyó la fertilidad, principalmente en China.

Por el contrario, los autores del estudio detectan que lo que redujo en dos tercios el número de nacidos muertos en el mundo desarrollado entre 1950 y 1975 fue la «prevención y el tratamiento de infecciones y el mejoramiento de la atención obstétrica».

Los autores subrayan: «Esta reducción aconteció antes de que hubiera una observación y un diagnóstico fetal más compejo y también coincidió con importantes reducciones en la mortalidad materna y neonatal. Sesenta años más tarde, el escaso progreso para reducir estas tres consecuencias del embarazo en países de ingresos bajos no constituye una brecha de conocimiento, sino una brecha de acción».