sábado, 23 de octubre de 2010

Cuando uno se comprende desde el otro lado

Cuantas veces nos hemos visto o pensado como "hijos". En relación con nuestros padres o en relación con Dios. Yo, personalmente, lo he hecho muchas veces. Principalmente porque es una de las primeras categorías que aprendemos. Nacemos siendo hijos. A medida que crecemos vamos creciendo en nuestra conciencia de ser hijos: en relación con nuestros padres, con nuestros hermanos y todas las demás personas que también tienen una mamá y un papá y que, por lo tanto, son hijos.
En la medida en que vamos creciendo en estas relaciones vamos conociendo los distintos aspectos del "ser hijos". En general esto implica que hay alguien que nos quiere, nos cuida, nos pone en primer lugar, hace todo lo que está a su alcance para nuestro bien, etc.
Pero cuando nos descubrimos "hijos de Dios", todas estas cosas pasan de un "puede ser" a una seguridad: hay Alguien que nos ama, nos cuida, nos pone en primer lugar y hace todo lo que está su alcance para nuestro bien (nuestra salvación).
Y cuando uno cree que entendió algo... que conoce algo... Dios se encarga de mostrarnos que nuestra visión es parcial, incompleta. Porque, ¿qué sucede cuando uno pasa "del otro lado"? ¿Qué pasa cuando uno pasa a ser padre?
Al menos en mi caso, uno se da cuenta que no sabía nada. Uno creía saber lo que es ser hijo, sentirse amado como hijo, sentirse cuidado como hijo, saber que hay alguien que busca afanosamente nuestro bien. Pero uno se da cuenta que tenía una visión muy limitada. Ahora, siendo padre, sé cuánto ama un padre a su hijo, cuanto lo cuida, hasta dónde es capaz de "negarse a sí mismo" para que su hijo esté bien. Y es entonces cuando uno, descubriendo su "ser padre", resignifica y redescubre su "ser hijo". Uno se siente notoriamente mucho más amado... más cuidado... más hijo.
Pero seguramente, cuando con la ayuda de Dios, Él nos reciba en su gloria, nos daremos cuenta, una vez más, que todavía nuestra percepción era parcial. Porque "si ustedes que no son buenos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el Cielo dará cosas buenas a los que se las pidan!".
Pensar en esto, a esta altura, hace que no pueda imaginarme cuanto Dios me ama y cuanto Dios ama a cada uno de sus hijos. Sólo sé que, si Dios me ama más de lo que yo amo a mis hijos, es un amor que claramente cambia mi manera de ver a Dios, a mí mismo, a mis pecados, a mis aciertos, a mis hijos, a mis padres, a mi familia y a mi vida entera.

3 comentarios:

  1. Después de pensarlo y pensarlo...tomé la decisión de comenzar a buscar respuestas...por internet..y me encontré con este blog.
    No tengo tiempo (ni ganas, sinceramente) de hacer dirección espiritual personalmente. Las veces que lo intenté me pareció decepcionante...por lo general, porque los sacerdotes con los que me encontré rara vez entienden la realidad laical. Sus respuestas, sus diálogos son quizás para una realidad espiritual que no es la mía...Quizás soy exigente.

    Tengo muchos años de camino en la fe. Desde la adolescencia. Hoy tengo casi 40 pirulos...y desde hace años una enorme crisis de fe. No sé si Dios existe. No dejo de rezar, no dejo de practicar los sacramentos, no dejo de pedir a Dios el don de la fe y la perseverancia. Pero no sé si sólo lo hago por miedo a encontrar que no hay nada ni nadie...más allá. Sé que muchos pasan por esta prueba. Pero yo soy yo, y no me consuela el "mal de muchos...".
    En esta búsqueda, a veces pienso si no tendrá razón Feuerbach...sólo es una proyección de nuestro miedo e incapacidad de aceptar que estamos solos.

    No quiero sentir la presencia de Dios. No es lo que busco. No me preocupa no sentirlo y sé que eso no es lo importante. Quiero saber si existe. ¿CÓMO SABÉS, CÓMO ES QUE CREÉS QUE EXISTE?
    Quiero saber la verdad: busco la verdad.

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  2. Diego, una reflexión profunda, simple y conmovedora. Lejos, de lo mejor del blog hasta ahora. Gracias.

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  3. Gracias Gus por leer, participar y comentar. Abrazo

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