domingo, 15 de agosto de 2010

Otra opinión sobre el "matrimonio" homosexual

Este artículo lo escribió la esposa de un amigo, la Lic. Elena Perea Muñoz (h), y que él me envió por mail para compartirlo en el Blog. Me pareció interesante, de manera que lo comparto con ustedes y los invito a animarse y sumar sus opiniones y perspectivas.

Una opinión sobre el matrimonio gay


Ante todo, quiero aclarar que esta opinión no está relacionada con las personas gay, sólo con la idea de qué alcance puede tener el matrimonio como institución. No creo que nadie deba pedir permiso para opinar de la manera en que lo hace…. Pero, si ofendo a alguien, sepan que no es mi intención agredir y por lo tanto, pido de antemano perdón.
Personalmente creo que hoy llegamos a este punto porque, previamente, a lo largo de los últimos años se fue dando una desvalorización del matrimonio como institución… Y creo que aquí tenemos también una responsabilidad, la responsabilidad de darle a cada cosa el valor y el lugar que le corresponde.
Muchos de nosotros podemos pensar que, en última instancia a nosotros no nos afectará esta ley porque realmente seguimos pensando que el matrimonio es entre un hombre y una mujer y pensamos obrar según esta máxima… pero la verdad es que éste es un cambio que da vuelta la sociedad y a la larga si nos va a afectar a nosotros y a nuestros hijos.
Cuando pienso en esta ley me viene a la cabeza la ley de divorcio y, recuerdo que en aquel entonces muchos pensaban que era un mal menor y no tenía consecuencias para los que pensaban casarse para siempre… pero hoy podemos ver cómo ese razonamiento resultó equivocado y el divorcio hizo estragos en la institución matrimonial, degradándola hasta el punto de que muchísima gente piensa hoy que el matrimonio es sólo un papel, algo simbólico y no el compromiso más radical que pueda realizar una persona, ya que es el único que implica:
1. La donación de toda la persona en toda su intimidad: el cuerpo, pues la promesa de fidelidad excluye el compartir la sexualidad con otro; y el alma, ya que el marco de la promesa de fidelidad es el amor y el respeto.
2. La co-posesión de todos sus bienes: nadie puede dudar del derecho de propiedad que tiene una persona sobre los bienes conseguidos con su trabajo. Mediante el matrimonio aceptamos que todo lo conseguido es fruto de los dos, sin distinción.
3. La perpetuación del nombre y la familia. Es la única institución capaz de resolver de manera completa el problema de la identidad.
Este compromiso único, total, tenía como único “mecanismo de seguridad” la reciprocidad, el hecho de que del otro lado, había un “otro” que se comprometía a lo mismo que yo y que lo único que podía liberarlo de su promesa era la muerte… era un juramento sagrado que sólo se disolvía con la muerte y, eso era lo que lo hacía tan firme, tan perdurable, tan capaz de resistir la adversidad.
Al admitir la disolubilidad del vínculo, le quitamos toda su fortaleza… porque le añadimos, a una promesa de por sí difícil, el ingrediente de la incertidumbre. La incertidumbre trajo la cautela, la cautela trajo la reserva, la reserva el individualismo y el individualismo hizo del matrimonio “post divorcio” una institución diferente… similar en lo exterior, pero diferente en su esencia: simplemente dejó de ser un juramento sagrado que sólo se disolvía con la muerte. Pasó a ser un contrato más o menos parecido a otro tipo de contratos o sociedades, siempre plausible de disolución por voluntad de las partes (o, en muchos casos de una sola de las partes).
Esa institución, que se fue devaluando poco a poco, está a punto de sufrir una nueva devaluación y esta vez una devaluación “asimétrica”. La simetría es por definición, la correspondencia exacta en forma, tamaño y posición de las partes de un todo. Pero, como podemos ver a simple vista, no hay correspondencia alguna entre la unión de varón y mujer y la unión de dos varones o la unión de dos mujeres…
Esta devaluación es, en realidad la muerte del matrimonio. En nuestra sociedad existirá una figura legal que llevará este nombre, pero esa realidad no se corresponde con la institución a la que tradicionalmente se llamó matrimonio. Es una resignificación del término, no una ampliación del mismo. Esta resignificación genera tanta confusión que hemos necesitado adjetivar el sustantivo matrimonio para poder entender a cuál de las instituciones nos estamos refiriendo. Por un lado está el “matrimonio gay”, con la pretensión de que todos los gatos son pardos y por otro el “matrimonio heterosexual” que ya no sabe cómo gritar que han confundido a la liebre con el gato.
El problema es que, mediante esta ley el Estado extiende sus brazos hasta el vapuleado matrimonio heterosexual y lo obliga a aceptar que, de ahora en adelante, acá no hay liebres, que todos son gatos y que, si le gusta bien y si no también.
¿No es espantoso que nos obliguen por ley a ser lo que no somos? Un gato es un gato y una liebre es una liebre. Vender gato por liebre es estafar. ¿No es aterrador que la ley nos estafe y nos obligue a no denunciar la estafa?
Lic. Elena Perea Muñoz (h)




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